LA TAZA DE POVES
¡Hela, hela aquí! ¡Mírala! Esta tetera la ha hecho, con sus manos, su arcilla, su horno, su barba y su cigarro negro en la boca el grandísimo Antonio Poves. Vete inmediatamente a conocer a este tío, so gilipollas, que te estás perdiendo toda una experiencia. Es un genio mágico que ha salido de una botella de vino y que convierte en arte todo lo que sale de sus manos. Antonio Poves es un Artista y no un “chupiguaysuperegodebellasartes” de esos que llevan un cartel luminoso en los cuernos para que lo grite por los espacios alternativos de analfabetos en los que se mueven (¿qué pijo es alternativo en arte o no lo es hoy en día? ¿No será sólo una excusa para hacer pasable la cagalera hedionda del último capullo que se fumó un porro en mal estado y vio a Jesucristo haciendo un estriptís).
Antonio Poves es un artista porque ni siquiera él lo sabe y además no puede evitar serlo; porque, sin darse cuenta, cada cosa que hace destila capacidad estética, cuando se enciende un cigarro, cuando se atusa la luenga barba (se le ha comparado con todos los barbudos que en el mundo han sido ya, no lo intentéis: Valle-Inclán, Jesús Lizano, Papá Noél, el doctor Jiménez del Oso…), cuando se inyecta en vena los depósitos de la Estrella de Levante en nuestro tórrido abril, cuando con un leve golpe de uñas hace sonar la copa que en Ítaca religiosamente toma cada viernes en el aperitivo, cuando habla de cocina y comidas… Porque el tío sabe comer y beber. Y te cuenta sus viajes gastronómicos con su maravillosa mujer: a Zamora, donde consiguió que le regalaran el mejor vino en un sitio que ni a su hermano, que vive allí, caso le hacían; el de Ronda; o las comidas familiares con los otros hermanos o con su amigo Pina (ya habrá momento para contaros lo de asaltar la Alhambra de noche o suicidiarse a base de pastelitos y belmontes). Y tú, mientras tanto, te mueres de envidia por no saber tanto, por no haber vivido tanto, por no haberlo conocido antes para haber aprendido antes todo lo que tiene que enseñar y por no saber que era en la Placica donde ponen esa hueva o la mojama que buscabas hace tiempo, que si vas a Mora de Rubielos tienes que traer jamón, que el foie no hay que hacerlo con aceite sino dejarlo que suelte su propio líquido, que los antiguos meleros bajaban a Murcia desde la Alcarria para traernos queso y miel y que cada vez que vayamos allí debemos imitarlos. Él sí lo sabía, cagüensuscastas.
Pero la comida y la bebida, no son un fin (gracias, padre Mediterráneo por habernos educado) sino el arte mayor de disfrutar cuando habla con los amigos, que Poves practica con ahínco. Cuando dialoga, lo hace con la voz y con las manos vestidas de una parsimonia y un saber estar de señor castellano que ha venido a repoblar Murcia que da gloria verlo y así crea una atmósfera mágica a su alrededor con efluvios de todo lo que ha vivido. Antonio habla y habla con un discurso siempre bien hilado, progresando con cada argumento, escuchando a sus interlocutores con atención, masticando lentamente cada frase nueva. Siempre ha sido un niño bueno e inteligente, aún hoy en día, con su edad indeterminada entre los diez y los ochenta años –mes arriba o mes abajo-, lo parece.
Y se dedica a una profesión hermosa y digna, a trabajar con sus manos de alquimista medieval la tierra porque es ceramista artesano y ademásle gustan los métodos tradicionales sin rechazar lo moderno, pero jamás hará nada en serie. Tiene el horno cerca de Churra, en los límites de la ciudad, casi en la huerta. Cuando entres, verás el taller del protagonista de La Caverna: los platos, ceniceros, tazas y demás objetos aparecen ordenados unos secándose, otros recién acabados, a medio pintar o esmaltar, otros ya terminados. Hay olor a nuevo por lo que va saliendo del horno y a antiguo, por ser el oficio hermano del de las putas por su vejez. También hay colores y matices, texturas, brillos, claroscuros, líneas y manchas. Es la frontera entre la artesanía y el arte, entre la belleza y la utilidad y, ante todo, es la singularidad, pues cada objeto es siempre ligeramente diferente a sus hermanos. De sus manos han salido muchas cosas de Ítaca. Yo tengo de él la vajilla, las teteras, una lámpara de mesa y un hermoso azulejo blanco y azul enhebrado en varios cilindros que es la envidia de cualquier persona con un mínimo de gusto y sensibilidad. Una de mis tazas estuvo secuestrada durante un tiempo por una serpiente venenosa gigantesca, pero por fin la he rescatado y aquí está, preparada para sacarle a Lourdes el mejor té de la huerta de Murcia (¿quién es Lourdes…? Ya te la presentaré, no me seas cotilla) ¿Y sigues perdiendo el tiempo leyendo esto después de todo lo que te dicho y de ver la foto? Anda y vete, so tonto, y cómprale inmediatamente algo antes de que se vaya a un viñedo castellano y la tierra lo succione para siempre: la naturaleza siempre reclama lo que es suyo.
Mamerco Emilio Lípido Liviano dijo
Es magnífico lo que dices (como mi amigo, Pijus Magnificus), pero yo no sé apreciar el arte...
Me ha dicho Fernando que si puede ser presidente de la Asociación contra Gargamel in absentia del auténtico...
27 Marzo 2007 | 06:30 PM