El canon de Occidente
canon.
(Del lat. canon, y este del gr. κανών).
1.m. Regla o precepto.
2.m. Catálogo o lista.
(...)
5.m. Prestación pecuniaria periódica que grava una concesión gubernativa o un disfrute en el dominio público, regulado en minería según el número de pertenencias o de hectáreas, sean o no explotadas.
6.m. Percepción pecuniaria convenida o estatuida para cada unidad métrica que se extraiga de un yacimiento o que sea objeto de otra operación mercantil o industrial, como embarque, lavado, calcinación, etc.
7.m. Decisión o regla establecida en algún concilio de la Iglesia católica sobre el dogma o la disciplina.
8.m. Catálogo de los libros tenidos por la Iglesia católica u otra confesión religiosa como auténticamente sagrados.
9.m. Parte de la misa, que empieza Te ígitur y acaba con el paternóster.
10.m. Libro que usan los obispos en la misa, desde el principio del canon hasta terminar las abluciones.
11.m. Der. Cantidad que paga periódicamente el censatario al censualista.
12.m. Der. Precio del arrendamiento rústico de un inmueble. Canon conducticio.
13.m. Der. Cantidad periódica pagada a la Administración por el titular de una concesión demanial.
(...)
Real Academia Española
Qué vocablo tan lleno de contenido éste, en cuyo semántico seno se une lo más mundano de la vida en sociedad con los más elevados preceptos católicos… y es que la palabra `canon´ es una suerte de puente que une el cielo con el lodazal.
Actualmente el canon trae de cabeza a todos los usuarios de las nuevas tecnologías, proyectando su negra sombra sobre CDs y DVDs vírgenes, impresoras multifunción (fotocopiadoras), reproductores de MP3, tarjetas de memoria y hasta móviles. Es decir, grava todos aquellos soportes en los que, hipotéticamente, el españolito de a pie pueda copiar material sujeto a derechos de autor, esa cosa moderna y necesaria.
Pues bien, esta humilde internauta se pregunta (además de cuestiones trascendentales tales como: ¿Por qué le han dado a Pe el Goya a Mejor actriz protagonista?) qué hubiera sido de nosotros sin los maravillosos copistas del medievo, esas impresoras multifunción con hábito.
La producción de manuscritos fue constante a lo largo de unos 15 siglos, pensemos en la ingente cantidad de copias a razón de tres o cuatro libros de tamaño medio al año por copista.
Me imagino a nuestros amigos de la SGAE, cuales trajeados guillermos de Baskerville, indagando y poniendo multas a diestro y siniestro al top manta amanuense. Y qué decir cuando el libro ya no es cosa únicamente del mundo religioso y pasa al seglar, cientos de copistas se ponen manos a la obra para hacer llegar a todo su público (la gran mayoría aristócrata) obras de toda índole…
Yo pido a la SGAE: ¡pónganse manos a la obra, recuperen las deudas que la Iglesia y la Corona contrajeron con ustedes hace más de mil años, y déjennos copiar en paz!
Por Sux.

Juan Ra dijo
Sin duda hermano, que la Sociedad General de Autores se mostrará encantada con tu proposición. Ahora que habría que ir un paso más allá y proponer que comiencen a cobrar, por ejemplo, por todas aquellas fotos en las que aparezca cualquier distintivo comercial. Con eso si que se pondrían las botas, y nos dejarían copiar en paz lo que nos dé la Real y Muy Ilustre Gana.
Agur
30 Enero 2007 | 07:18 PM