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La Coctelera

ron con naranja

Tómate un ronsssssito con naranja, ¡lo mejor de la vida, caballero!

15 Enero 2007

El conejo de la Conchi

Domingo es pequeño, peludo, suave, pero no está blando ni parece hecho todo de algodón sino que está en los puros huesecicos porque, aunque come mucho, toda su energía se le va en aguantarnos a los demás. Domingo pasea alegremente su boina estilo Ché Guevara con la chapa de la república, su pelo largo recién recortado y su perilla quevedesca por Ítaca sirviendo infusiones, cafés, mojitos y ron con naranja a Alfonso Linux, Roberto, Juli, Antonio Poves... Se entrega a su trabajo con denodado ahínco, incluso a costa de discutir con sus jefes lo que no le parece bien. Tanto es así que ha llegado a formar parte del Bar como una coctelera más y es que a todo el mundo lo atiende con una sonrisa, para cualquier cliente reserva siempre un pequeño diálogo o un chiste personalizado. Es una persona sincera, que no se esconde nunca de nada, por eso la gente lo quiere, no guarda secretos inconfesables y cuento yo de él aquí para el mundo lo que se me ocurra sin ningún miedo.

Una vez al mes, Domingo nos invita a comer una gigantesca mariscada cocinada por él para nosotros, “mis muchachos”, como le gusta nombrarnos. Cuando llegamos a su casa, nunca sabemos cuándo ni cómo saldremos. Como fuera en otro tiempo vendedor de libros ambulante, su piso tiene prodigiosos ejemplares de cualquier cosa en los rincones más recónditos. Hay libros en el pasillo, en el salón, en las habitaciones, en el trastero, en el váter y por el suelo formando desordenados montones. Hay libros de todos los colores, olores y tiempos, y de múltiples ediciones desde principios del siglo XX hasta alguno publicado hace un mes, de cualquier tema, desde atlas viejos hasta recetas de cocina, novelas de muchos países, tebeos, poesía; unos, repetidos de distintas ediciones y otros, ejemplares únicos: ¡rediós, el paraíso de cualquier filólogo! También amontona siguiendo un orden mágico que sólo él conoce los cuadros, las fotos, las botellas vacías de caprichosas formas y colorines, las guitarras, los discos, mantas y ropa de los años bárbaros y apuntes de lo que escribe o de lo que subraya. Cuando llegamos a su piso, biblioteca laberíntica de un monasterio medieval y al mismo tiempo el tugurio más urbanísimo del centro de Murcia, él está sentado como un buda meditante en un colchón que tiene en su comedor, entre dos torres nuevas de libros y apuntes sobre el mundo árabe, limpiando mejillones y calamares. Parece el retablo de una iglesia románica: Domingo en el centro con sus cuchillos y sus mariscos es un cristo negro hierático de aspecto sospechosamente magrebí y los libros son las dos columnas que lo flanquean. Tarda lo que tiene que tardar en realizar cada fase y es un placer verlo cortar, raspar y recoger con esa infinita paciencia que aplica a todos los aspectos de su vida mientras habla de su curso de mundo islámico que está haciendo a través de Internet, el muy moruno.

La comida se va haciendo. Apartamos los libros amontonados en las sillas y la mesa, fumamos, bebemos cerveza y engullimos como salvajes esas gambas al ajillo que sólo él sabe cómo demonios le pueden salir tan buenas. Y seguimos hablando de su último viaje a Marruecos con Mustafá y Susi o de las excavaciones cuando aún estaba haciendo la carrera de historia; y comemos hasta quedarnos sin garganta y sin estómago; y las palabras de nicotina, el olor de la fritura y el calor de sus libros se nos pegan a la ropa y al corazón porque todos compartimos ese aire familiar y hogareño que sólo Domingo puede desprender.

Yo tengo mucho que agradecerle. Pero entre todo lo que podría enumerar, quiero ahora darle albricias por compartir conmigo el aroma de la acumulación explosiva de libros de su casa: sólo unos pocos disfrutamos el placer de ese olor que desprende un libro que tenga ya una edad y soy demasiado torpón para describirlo, porque es una mezcla oleosa de humedad, papel, hojas, manos sucias, respiraciones… y una evocación de la gente que ya lo ha tenido entre sus manos junto con los jirones de vida que se han ido dejando en él (¡huy, qué tópico me ha quedado esto, pero es que es verdad!). También querría agradecerle sus cafés asiáticos, su infinita paciencia con mi historia, su ron con naranja y el tener la novia que tiene (ya hablaremos de ella, uno de los seres más maravillosos que sobre la tierra estudian oposiciones y la mejor colaboradora de este blog). Aunque lo mejor de Domin “el Bicicletas” no es nada de lo que he dicho hasta ahora. Lo que más me gusta de él (y no se lo contéis a nadie) es el conejo al ajillo que hace su madre, La Conchi.

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Sobre mí

Recién nacido, bebé feo entre los feos, cogí una flauta de colorines y un guitarro murciano, me puse un sombrero de cascabeles, empecé a dar saltos alrededor de la gente y aún no he parado; llevo ya veintinueve años así, ¿qué te crees? Y no me pienso cansar.

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